

Una noche del último invierno salteño, Feli Colina llega a la cita y pone cara de Feroza. Es la misma expresión que hemos visto en la pantalla de la televisión porteña cuando esta hija del norte ganó el concurso "Camino a Abbey Road".
– Colgué un toque. Perdón, ¿esperaste mucho?
Habían pasado más de treinta minutos del horario pautado el día anterior a través de un mensaje de WhatsApp que rezaba: "Amigue, te espero a las 9.30 en Mitre y Güemes. Feli de Escorpio".
Camina rápido, con un paso que más que un paso es una opinión; trancos decididos y un balanceo coqueto. Tiene la misma energía joven que despliega en los escenarios y, al hablar, sus manos bailan en un alboroto alegre.
– Vení, entremos.
En la puerta de un departamento céntrico, apenas a una cuadra de la plaza principal, un portero se acerca, abre y saluda familiarmente. Después de un pequeño palier silencioso, bañado por la luz adormecida de una lámpara, un ascensor viejo sube rápidamente hasta el piso donde Feli vivió toda su infancia.
– Pasen, pasen —dice Elena, su madre, con voz maternal.
La puerta de entrada da a un elegante living con sillones, una gran mesa de madera y una ventana a la calle. Las paredes están cubiertas por cuadros de todos los tamaños, dispuestos sin un orden aparente. Todo está bañado por una luz tenue, en medio de un silencio transparente.
– Vamos al cuarto de atrás así podemos fumar mientras charlamos.
Se acomoda en una cama y enciende el primero de sus cigarrillos. Feli salta de un tema a otro con agilidad y, de vez en cuando, se aferra a alguna anécdota como bastón de conversación.
Este podría ser el retrato de una chica criada por sus padres en una familia de clase media salteña. Una chica que a los 10 años ya era dueña de una voz privilegiada; que estudió Derecho; que no tuvo el reconocimiento merecido en su tierra; que escapó a Buenos Aires; que se formó artísticamente en la línea B de los subterráneos metropolitanos; que tuvo éxito; que grabó en los estudios Abbey Road en Londres —donde Los Beatles forjaron parte fundamental de su legendaria carrera—; y que hoy figura junto a las grandes del rock en la cartelera de Lollapalooza. Podría ser esa la historia. Solo que hay que tener en cuenta la otra vida, la que cuenta en sus canciones.
Feli lleva en su historia tatuada una especie de espada de Damocles que dice: "Nunca te vas a olvidar de lo que es importante". Ese precepto la forjó como mujer, como hija, como hermana, como artista y hoy como estrella de rock. Feli parece perdida en sus propios sueños. Pero resiste. Despierta y los vive.
Pocas veces el cliché del sexo débil ha sufrido una paliza como la que dio esta piba. Ella no se define como una "feminista recibida", pero aunque no lo sepa, su forma de ser mujer y artista implica una cierta militancia irrenunciable.
– Soy feminista hecha y derecha. Llegué en el momento justo. Este es un camino larguísimo y hermoso, con el que estoy aprendiendo mucho, pero creo que feminista es un título y yo todavía estoy estudiando. El feminismo es una herramienta para visualizar cosas, y a mí me ayudó a ver cosas que ya sentía pero que no entendía del todo. Hay muchas cosas que nos encarcelan, de las que somos hacedores y víctimas, como el patriarcado, el consumismo y el capitalismo, ¡y en Salta esto se ve más!
Echada hacia atrás en una cama que oficia de sofá, se ríe sin ganas, como si todo fuera un poco ridículo.
– ¡Hay que ser mujer y salteña!
El cuarto del fondo —como lo llaman en su familia— es chico. Está regado de juguetes del pequeño León, hijo de su hermana Manuela, quien fue el inspirador de "Chimi", uno de los temas de su último trabajo discográfico. En la puerta se puede leer un graffiti adolescente que dice "Vuela AltoP" y, sobre una de las paredes, cuelga un colorido óleo de una niña pensando con una flor en la mano.
– Todos los cuadros que hay en esta casa los pintó mi mamá. Esa niña pensante soy yo en un paisaje de Vaqueros y también es obra de ella. Tengo un poco de mamá y un poco de papá. Podría decir que saqué el oído para la música de mi viejo y la bohemia de mi vieja. Llevo un aprendizaje inconsciente que me dejó mi papá, que de chica lo escuchaba tocar folklore con mis tíos en Vaqueros: transmitir, recitar, poder hablarle al otro.
La puerta del cuarto se abre y aparece Manuela con un bolso lleno de maquillaje. Se sienta al lado de su hermana y empieza a prepararla para el show. Aunque no se preocupa por el "outfit", es consciente de que gran parte de su encanto reside en su aparente falta de esfuerzo para encantar.
– Manu, no me pongas mucho, un toque nomás. Sigamos charlando —dice, mientras sus ojos se pierden unos minutos en la pantalla del celular antes de retomar la entrevista.
– ¿Cómo es el momento de la composición? ¿De dónde salen esas letras?
– Compongo en una sentada. Siento que es un estado hipnótico. Todo comenzó con un desamor y de ahí fui escribiendo sobre lo que me sucedía o lo que me salía. En cada una de las canciones logro salir de ciertos mandatos y limitaciones autoimpuestas. Todo sale de lo que absorbo y lo transmito. Pero todo está acá, en el trabajo: convivo y comparto con mis amigues de siempre, con mi familia, con mi gente constantemente, y creo que mis afectos son mi cable a tierra.
En un momento la entrevista se interrumpe y Feli salta de la cama con un movimiento elástico, como si se dispusiera a bailar. Faltaba menos de una hora para el show.
Se calza un tapado y, de un revoleo, cuelga la guitarra en el hombro. Las pinturas quedaron sobre la cama, los cigarrillos aplastados aún humeaban en el cenicero y los juguetes de León descansaban de las travesuras del pequeño, al menos por unas horas. Feli iba a enfrentarse una vez más al público salteño, el que la vio nacer y el que dejó que se fuera.
¿Profeta en su tierra?
Llega tarde. Quien escribe esta nota ofició de chofer (noble tarea la de transportar estrellas de rock). Llega por una esquina caminando con su sobrino en brazos. No lleva el apresuramiento paranoico que sirve para evitar fans; camina tranquila, camina cantando.
Saluda a dos de las organizadoras que la esperan en la puerta y entra. Afuera no queda nada que indique que una de las revelaciones de la música argentina ha pasado por allí.
Después de una hora de espera, una joven anuncia el show de Feli. A pesar de ser martes por la madrugada, un nutrido grupo de jóvenes se amontona alrededor de un improvisado escenario para disfrutar del concierto.
Entra en escena despacio, como una fiera que mira al horizonte buscando la inminencia de la caza, la irrupción de la felicidad o del peligro. Se sienta en una silla alta y arranca con un recitado. La escena nos traslada a los años 70, cuando Miguel Abuelo, el poeta del rock, hacía lo mismo en el bar La Perla del barrio de Once, en Buenos Aires.
El repertorio de Feli, al igual que el de Abuelo en su tiempo, es una sincera descripción del sentir de la juventud. La mayor parte está centrada en canciones amorosas, de tintes eróticos y juegos de poder.
Se planta en el escenario y transmite una mezcla de femme fatale y carmelita descalza. Su fuerza natural amalgama sentimientos capaces de condensar vulnerabilidad, seguridad y empoderamiento, alejada de las innecesarias concepciones cliché de la "mujer fuerte".
El público comenzó a corear con ese ímpetu que produce la energía colectiva, ese mantra triunfal y festivo: "Olé, olé, olé, Feli, Feli". Entre el amontonamiento, su madre, en puntas de pie, busca el contacto visual con la artista. Otros tantos comparten el momento en la memoria universal de las redes sociales.
– ¡Qué lindos, me van a matar de amor!
Fue entonces cuando Feli se agiganta y empieza a entonar uno de sus clásicos: "Martes". Al cantar, mueve la cabeza con fuerza, de manera que los versos parecen salir a puñetazos mientras cierra los ojos en una expresión religiosa, como si sufriera por algo o estuviera en éxtasis sexual.
Su voz camaleónica es el paradigma de su propia personalidad. No solo utiliza dos registros perfectamente identificables, sino que los acompaña con la interpretación de la chica buena / chica mala que ambos sugerían.
Feli es una artista generosa. Durante su show invita a algunas colegas que recién están empezando a que la acompañen en sus canciones. Incluso en algunos casos, ella misma oficia de guitarrista y alienta los aplausos una vez que terminan. Por momentos suelta la guitarra, se para frente al público y dirige ese gran coro que se formó moviendo las manos.
Así, Feli regaló un viaje místico por su discografía, cantó himnos como "Pensares", "Sagitario", "Susurrito" y "Mentira".
"Amor, lo que ves de luz lo tengo de oscura", canta y se desarma delante de todos. Y así, un poco oscuros y desarmados, el público despidió a su Reina Feroza con el grito que solo se les da a quienes ofrecieron su corazón: "Olé, olé, olé, olé, Feli, Feli".
Después de más de dos horas, el show terminó. Los aplausos inundan el salón. Se baja del escenario y abraza con hermandad a cada una de las chicas que se acerca a saludarla.
Salta está en deuda con Feli y, aunque no lo diga, ella lo sabe. Cada presentación en su tierra y cada aplauso que recibe es un bálsamo que la contiene.
Ese reconocimiento marca un punto de quiebre en la carrera ascendente de Feli Colina y también en la relación de la industria local con el nuevo rock, atendiendo además al clima de época alrededor de los reclamos de género.
Encontrarse a Feli Colina en el panorama de la música contemporánea argentina equivale a salir al jardín y hallar un plato volador de dimensiones extraordinarias. ¿De dónde salió? ¿Quién la trajo?
No se me ocurre una forma diplomática de cerrar este texto: corra con frenesí a su Spotify y escuche todo el material de esta artista salteña. Recuerde que, como dijera un viejo amigo, cada minuto es un minuto menos.
A juzgar por Feli, tanto por sus canciones como por sus presentaciones en vivo y la escena musical que —vamos a admitirlo— crece en torno a ella, el futuro está en buenas manos.
Y sí, el futuro es femenino. En Guiso brindamos por eso.
ESCRITA ORIGINALMENTE PARA LA REVISTA GUISO





Entrevista escrita x Santiago Mendieta
Todas las imágenes/videos de esta nota son de nuestra autoría.